viernes 22 de enero de 2010

HISTORIA DE UN PIANO

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HISTORIA DE UN PIANO


¿Cómo me dijo que se llamaba esa música? No recuerdo a pesar de haberla oído durante tantos años. cada sábado por las tardes, aún ahora la escucho, no sé si vibra dentro de los oídos o en la profundidad de mis recuerdos. Antonio podía producir esas melodías en el piano. sus manos viajaban sobre las teclas, igual que si fueran parte del instrumento. Llega una reminiscencia que como una esfera de fuego arde en mi mente, fue la última vez que lo vi con vida. Las cosas no pasaron como en esas historias sentimentales que otros cuentan, él no me dijo nada en especial que predijera su muerte, ni descubrí en sus ojos reflejada una despedida, ni aquel día tenía un aspecto diferente. Todo era como siempre. Él se fue temprano y ya no regresó. Horas más tarde llegó Imelda y de mala manera me avisó del infarto. La mujer sacó lo poco que había en la casa y se lo llevó.
Imelda se decía la esposa de Antonio, sin embargo había desaparecido durante años, pero ese día se presentó en el velorio actuando el papel. Yo llevaba tiempo cerca de Antonio, sé que eso al final no es suficiente, pero no lo sabes, hasta que todo se acaba precipitadamente.
Ese día hacia frío, aunque no estaba segura si realmente helaba, o dentro de las pesadillas uno puede sentirse a punto de congelación. Quería preguntar, pero todos me miraban con una compasión insoportable. Imelda estaba cerca del ataúd, arrancando con rencor, los pétalos blancos de las rosas.
Ahora la luz huye detrás de los cerros, la sala oscureció. Ya no está el piano. Hoy en la mañana llegó un camión de mudanzas y se lo llevaron. Sólo quedó el espacio con una fina capa de polvo en el piso, como una huella gigante. Aún lo escucho y veo en la pantalla de un recuerdo las manos de mi Antonio. Ahora me acuerdo, la melodía era un vals, el vals del minuto de Chopin. Ése que dura unos cuantos segundos igual a lo que dura la vida.
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jueves 10 de diciembre de 2009

UN CAMINO ENTRE LOS NOPALES

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Un camino entre los nopales

 

La vereda era una serpiente polvosa y el medio día se precipitaba entre los cactos. Nicolás sacó su cantimplora de cuero y calculó la cantidad de tragos que debía dar para que el agua no se le acabara antes de llegar a su casa.  El camino era largo y difícil.

Cerca del barranco lo encontró, estaba envuelto en una cobija.  Nicolás se quedó quieto. Esperó unos minutos y se acercó. Era un recién nacido, aún tenía el cordón umbilical, buscó a quien lo pudo dejar ahí, pero sólo escuchó a las perdices entre los matorrales. Dejó pasar unos minutos, nadie llegó.  Ya no tenía tiempo de esperar más, pero no podía dejarlo a su suerte y se lo llevó. Después de un rato la tierra seca se le pegaba en el rostro sudoroso. Estaba muy cansado y le dolían los brazos.

“A Toña le gustará cuidar al niño”, pensó.

Después de media hora sus rodillas ya no podían soportar el peso. Vio de nuevo al bebé,  el color de sus ojos era más definido y su cabello lacio más grueso. Intentó acomodarlo de otro modo, pero se dio cuenta que ya no era tan fácil como al principio. Le dio el agua que le quedaba. Descansó un momento. Ya estaba sobre el cerro un cielo rojizo. El niño lo observaba y eso lo incomodó. Siguió su camino con él a cuestas, ahora calculaba que pesaba tres veces más que al principio.

Cuando llegó al rancho le dolía como nunca la espalda, puso al muchacho en una banca. Éste ya podía caminar y se fue rumbo al río. Volteó a ver al hombre por un momento, con burla. Sonrío y entre los labios se asomaban los dientes. Nicolás sintió un terror que no podría compartir con nadie, quién creería su historia. Lo observó hasta que desapareció sin saber qué pensar, no le cabía en la cabeza que un bebé pudiera crecer tanto en unas horas. Se quedó petrificado mientras veía cómo se alejaba la figura oscura de un hombre maduro.

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lunes 23 de noviembre de 2009

CUENTO: TOÑA LA DEL DIEZ

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Toña la del diez

 

En la privada, todos tenían en la alacena un frasco repleto de monedas de diez centavos por si alguna vez, a las doce del día, ella tocaba a la puerta.

Aquella noche Toña quedó recargada en la puerta observando cómo Elías y Josué, sus hijos, se alejaban. Esperaba que alguno de ellos mirara a su madre,  pero no, se subieron al auto y escaparon de ella. Toña no lo quería aceptar pero el remordimiento, desde ese día, vivía en ella como un espino que no dejaba de desgarrar su interior.

Mi abuela me platicó esta historia. Me contó que Toña fue con el padre Bernardo, párroco de la colonia, para confesar sus faltas.  Todos en la privada  conocían esos pecados. Doña Toña a pesar del dinero que tenía era tacaña con sus dos hijos y además les pegaba mucho, una vez a mi abuela le tocó ver cómo los golpeó, con un fuete.

Eran tantas las faltas de Toña, que duró hablando con el sacerdote muchas horas, decían que después de la confesión, el padre Bernardo parecía más viejo. Las bancas y las paredes de la parroquia quedaron obscuras, como si un humo gris las hubiera manchado.

La penitencia que le ordenó el padre fue pedir limosna durante dos meses, a las doce del día, cuando el sol era tan intenso, que como un mar amarillento derretía el asfalto. Solamente podía pedir monedas de diez centavos, si le daban más de esa cantidad o menos, debía regresar la moneda.

La mujer tenía la esperanza de que si realizaba este sacrificio sus hijos la perdonarían, pero ellos no regresaron jamás. Así duró algunas semanas, la pobre de Toña, con un vaso de peltre, pidiendo sólo monedas de diez centavos, pero su salud ya no estaba para esos esfuerzos. Un día mientras recorría la avenida esquivando a los autos, cayó atrapada en un infarto. Llegó una ambulancia de la cruz roja, pero nadie de los vecinos supo qué sucedió con el cuerpo.

Después de algunos meses de la muerte. En la casa de Doña Toña, de vez en cuando, se prendía en su recámara una luz lagañosa.

Lo de las visitas a las casas fue después. Una tarde tocaron en la puerta de doña Carmen, la vecina de mi abuelita. La señora abrió la puerta y vio a una mujer que le pedía un diez, Carmen se acercó para verla bien, era Toña, las arrugas formaban una máscara de amargura y sus ojos eran dos carbones encendidos. Para la mala suerte de doña Carmen no pudo encontrar una sola moneda de diez centavos en su monedero. La mujer se puso furiosa gritando palabras incomprensibles. Después de aquella visita, Carmen duro días llorando y aterrada sin saber por qué, hasta que un día no se escuchó un solo latido en su pecho. Dicen que se contagió de la amargura,  de  Toña la del diez.

 

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jueves 29 de octubre de 2009

CUENTO: La Yaya

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Ya no sabíamos qué hacer con la Yaya. Esa noche que se murió. Todos los vecinos querían estar seguros de que el corazón se le hubiera detenido. Trajeron a un médico que les aseguró que ya estaba muerta. Cada quien se fue a su casa y nosotros nos quedamos mirando el cuerpo sin saber qué hacer. Isidro Nos ayudó a preparar el entierro.
Esperamos a que aterrizara la noche y la enterramos en el cementerio que está en las afueras de San Martín, le hicimos una lápida con lo que encontramos y le pusimos una cruz de madera, sin nombre por supuesto, Isidro miraba para todos lados por aquello de que nos hubieran visto. Nadie quería que el cuerpo de la Yaya estuviera cerca de los otros difuntos.
Después de ese día comenzaron los problemas, cuando los pecados de la Yaya se aparecieron en la calle de la Mora, éstos, con sus pelajes pardos se cruzaban de una banqueta a otra perturbando el sueños de los vecinos. En la mañana Alicia nos fue a reclamar que no pudo dormir en toda la noche escuchando aquellas criatura que chillaban tan fuerte que el sonido penetró las paredes de su sueño, volviéndolo todo una pesadilla.
Qué podíamos hacer nosotros, estaba canijo atrapar los pecados de la Yaya, porque sabían donde esconderse, en la mañana se metían a los túneles de las ratas del desierto y por las madrugadas corrían sobre los techos de las casas haciendo ruidos agudos.
Pero eso no fue lo peor, al segundo día del entierro, Oscar el dueño de la tiendita, nos avisó que el cuerpo de la Yaya estaba en el "Callejón de la Cruz", le pedimos a Isidro que nos ayudara a cargar a la abuela. Estaba deformada y dura. 
No nos dejaron enterrarla en el cementerio, pusieron a un muchacho a vigilar para que no nos acercáramos. El pobre de Isidro y nosotros hicimos un agujero atrás del cerro, ocultándonos entre los nopales, para dejarla ahí, ese día llegamos a la casa, arrastrando la tarde y mi mamá nos dio agua de limón.
Esa vez duró más días enterrada, pero luego un conocido habló de la calle "Rosas" para que fuéramos por Yaya. Isidro ya no quiso acompañarnos, le dolía la espalda. No tuvimos otra que arrastrar el cuerpo, pesaba mucho, y nos tardamos toda la tarde para llevarlo de nuevo al agujero. Pensamos que la tierra no la quería. Pusimos muchas piedras encima para que no se volviera a salir. No pasó ni un día, cuando nos hablaron de la parroquia para que fuéramos. La abuela Delia estaba en el jardín, frente a la iglesia. Esa tarde a no fuimos por ella, mejor preparamos  nuestras cosas y nos fugamos. Estábamos cansados, no podíamos seguir cargando con todas las maldades de una bruja, aunque fuera nuestra Yaya. 
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domingo 6 de septiembre de 2009

CUENTO BREVE

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Cuando muere un artista, sus obras se vuelven indiscutiblemente su patria.

Gabriela d´Arbel
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miércoles 2 de septiembre de 2009

CUENTO: MI COMPAÑÍA

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Me gustan los grillos, por que en las noches devoran todos los silencios. 
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viernes 28 de agosto de 2009

HAIKÚ

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LOS OJOS DE LA NIÑA

NARRAN UN CUENTO

YO SOY EL PERSONAJE
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¿Te gustan los cuetos de miedo?

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